Compás (Helena Talavera Ruiz)

En el preciso momento en que Rolando pisó con su zapatilla izquierda el excremento que se encontraba en el último adoquín de la calle mayor, en el otro extremo de la isla, el rostro amarillento de Lucrecia se convertía en un boceto a carboncillo de su propia desdicha.

Rolando y Lucrecia nunca llegaron a verse, pero desde entonces, y a saber debido a qué inabarcable ley de vida, sus destinos estuvieron atados mediante la indomable soga de las casualidades.

El día en que a Lucrecia le anunciaron que padecía una extraña enfermedad degenerativa que limitaba su capacidad para tomar decisiones reflexionadas, Rolando experimentó el primer atisbo de tartamudez en su habla, justo cuando pronunciaba en un discurso la palabra hecatombe.

Cuando a las dos y diecisiete de la madrugada Rolando decidió que la única manera de hacer las paces con su ritmo circadiano era dando un paseo a pie por el barrio al que acababa de mudarse, Lucrecia pensó que no valdría la pena volver a despertar un nuevo día.

Lucrecia sintió la risa trágica del aire helado en su cara. Rolando no llegó a patear con su sucia zapatilla izquierda una lata vacía. La muerte acompasada los abrazó para siempre.

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