Abismo (Antonio Velasco)

La tarde arrebolada se diluía en la oscuridad de la noche. Un anciano de barba canosa caminaba por el sendero. De la terraza del bar provenía un barullo de chillidos y risas estrepitosas.
El viejo divisó un banco y se sentó, haciéndose con un periódico que allí descansaba. Posada su mirada vencida en los pálidos jóvenes de lenguaje áspero e incomprensible que tanto parecían divertirse, empezó a buscar momentos preñados de aquel cálido regocijo en sus recuerdos. No halló nada. En su mente sólo cabían la negrura y el abismo.
Se encendieron las farolas, tintando las copas de los árboles y las arrugas que surcaban el rostro del viejo de un pálido anaranjado. Los chicos se marcharon con la huella de la embriaguez en sus mejillas y el viejo abrió el periódico. «La economía sigue creciendo, asegura el presidente» decía el titular.
La noche envolvía la plaza. El viejo leía con atención, frunciendo el ceño. Una vez terminado, sintiendo la pesadez de sus párpados y un hueco en el estómago, miró en derredor. Nadie. Se estiró en el banco, se puso de lado, desarmó el periódico y se tapó, mientras el dolor y el vacío del abismo se cernían sobre él, sepultándolo, asfixiándolo, hasta caer dormido.

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