Abrazo eterno (Palma)

Tan pronto como tuvo edad para ir a la escuela, Alberto fue enviado por sus padres al mejor internado de la comarca, donde permaneció, recibiendo esporádicas visitas de su familia, hasta que llegó el momento de ir a la universidad. Mientras, se hacía mayor soñando con unos besos, abrazo, y palabras de amor paternas que nunca llegaban. La vida pasó demasiado rápido como para percatarse; tan sólo las arrugas crecientes y el cabello menguante le hacían darse cuenta del transcurso del tiempo, eso, y ver a sus padres hacerse mayores cada año, cuando iba a visitarlos de vez en cuando en navidades. Siempre regresaba de aquellos viajes lamentando la ausencia del más mínimo gesto de amor por parte de ellos.
Y sucedió, el padre de Alberto murió, pero antes le regaló a éste el tiempo de una despedida que llenaría el resto de su vida de amor y borraría un pasado de soledad para siempre.
-Te quiero, hijo.- fueron las últimas palabras que el padre pronunció, para segundos después exhalar y no volver a tomar aliento. Cuenta Alberto que una fragancia inundó la habitación de hospital en ese momento, y que todavía ahora, un año después, se despierta de madrugada abrazado por el mismo olor.

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