El adiós a Ángela (Florencia Gondra)

Escribo mientras tomo mi último desayuno en Botcol en la misma taza amarilla que lo tomé el primer día. Café con leche y tostadas con la mejor manteca del mundo.
Francia nos despide soleada y sonriente con un sol que decidió salir el domingo cuando llegó Patrick, el hijo de Ángela, quien aparentemente es el sol y como decía el Flaco Spinetta “a veces también puede ser la luna”.
Nosotras estamos tristes. Yo particularmente tengo esa tristeza que se te esconde atrás del corazón, donde seguramente anidará junto a los recuerdos de Ángela y de los días más lindos de nuestro viaje. No alcanzan las palabras para contar lo que ella fue para nosotras. Con abrazos siempre a la orden, sonrisa inmensa y esa calidez que, ustedes me entienden, tienen las mamás.
El viaje continúa por Toulouse y después dónde nos lleve este viento de verano europeo, que nos viene guiando muy bien.
Atrás quedaron las malas experiencias laborales del sur. Hoy todo es magia, hasta con el sonido del gallo que llega desde el gallinero.
Ayer me encontré preguntándole a Yas: “¿las gallinas comen pimiento?” Y ella me miró diciendo: “¿en qué momento de nuestras vidas creímos que algún día ibas a hacerme esa pregunta?”

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