Aeropuerto, o el nihilizante eructo del esperar (Álvaro López Ferro)

Floto en un velo de cansancio, luchando por cerrar los ojos, y sin molestarme por abrirlos demasiado. El tiempo gotea inconstantemente, mientras espero cierto momento crítico. Cruzar, ir allí, comer, lavarse la cara, cagar, perder el tiempo, buscar la puerta, quedarse de pie, cruzar la puerta para quedarse de pie de nuevo, y por último, sentarse en un avión y esperar a que despegue. Tengo todo el tiempo del mundo para no hacer nada; y es sin duda lo que más me apetece  (no me queda otra opción). Hordas de señoras británicas de moño enrevesado y tintes variados compiten con sus homólogas juveniles de mejillas perfectamente redondas, unos ojos azules bonitos estándar y un café de estos grandes que valen más de 5 pavos. Algunas incluso llevan sombrero, o gafas de sol, o las dos cosas.
Se dilata el tiempo, se abarata el respirar y sentir. El transcurrir despacio de un momento me hace pensar en el aburrido milagro de la vida, en la casualidad de trasladarme de un lugar a otro en un plástico motorizado para encerrarme en unas paredes de un color distinto. Me sobra tanto tiempo que ya no sé ni que decir. Supongo que no pasa nada por no saber qué decir.

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