Agente redomado (Guillermo Bustamante Zamudio)

El policía no pasa por su mejor momento. Como la ocasión hace al ladrón —está refrendado desde antaño—, toma una porción de lo ajeno y huye, asustado. Reconoce la sensación en otros, en aquellos a quienes ha perseguido, pero no en él mismo. Era esperable: nunca había robado. Pero, en realidad, ¿se justifica su temor? Nadie lo ha visto. Entonces, entiende: teme porque él se ha visto, porque él —que es un agente del orden— sabe que ha robado. Así, en realidad, no sólo huye, también es perseguido por su propia responsabilidad, una obligación tallada a lo largo de muchos almanaques y, hasta ahora, indemne. En nombre de ella, se atrapa. No obstante, al intentar conducirse a la Comisaría, se resiste. Se ruega. Explica. Esgrime la flaqueza del monto. Pide comprensión, compasión. Pero no cede: es un agente redomado, no se deja seducir por justificaciones que, si bien son plausibles, de ser atendidas, eliminarían el funcionamiento de las normas. Se entrega al juez. Se declara culpable, sirve de testigo de su culpabilidad. El juez lo felicita por su custodia celosa de la ley y lo condena drásticamente.

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