Aire (Macarena Fernández)

Marcos volvió del sepelio con los hombros hundidos y el alma hueca.  No se veía en el papel de viudo, aunque tampoco nunca se había imaginado casado y además enamorado hasta las cejas. Lorena fue una mujer excepcional, extravagante y peculiarmente romántica. Su matrimonio había durado doce años y no recuerda un solo día de aburrimiento a su lado. Hacía rodar la alianza en su dedo cuando reparó en la muñeca hinchable que reposaba en un rincón del dormitorio. Con un asomo de sonrisa pensó en su despedida de soltero y en cómo, aquella pepona, había sido la protagonista resignada del evento. Su presencia allí, erguida y mórbida, le dejó perplejo; hasta que reparó en la nota firmada por Lorena que había pegada sobre el látex. Con su letra diminuta le hablaba de la escena de una película francesa que la había emocionado enormemente. En ella, una mujer viuda absorbía el aire de un flotador que su marido había inflado horas antes de morir en un accidente. Le pareció tan romántico que empleó sus últimos soplidos en rellenar aquel trozo de plástico inerte con su aire. Cumplir con su deseo tenía algo de macabro, pero fue así cómo Marcos se dejó abrazar por su último suspiro.

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