Alergia (Paloma Díez Temprano)

Me compré una planta, la regaba todos los días. Le puse un nombre, Camelia. Le contaba cada día un cuento o una noticia, o cualquier cosa que me pasara. Camelia llegó a ser igual de alta que yo. Era esencial su agua, los horarios de sus vitaminas de planta, que la diera el sol. Camelia era feliz. Cada día estaba más verde, más luminosa, y yo cada vez más lánguida. Un día al mirarme en el espejo no me reconocí, creo que abandoné mis propios horarios y la di demasiado. Me cogí el día libre y luego casi unas vacaciones de tres días. Así que le dije a mi novio que la cuidara. Cuando volví se habían enamorado: susurraban a mis espaldas, él con ella claro está, la miraba como jamás me ha mirado a mí y hasta su perfume parecía mejor que el mío. Guardé silencio porque ella no podía hablar y defenderse. Todo lo que hice por ella fue en vano. Las plantas no tiene memoria. Una noche de lluvia extendió su aroma por toda la casa, y ésta se lleno de su importancia. Le echamos agua hasta ahogarla. Era imposible respirar.

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