Algo haría (Ignacio Rubio Arese)

–Desde ese día nadie vende barquillos en el parque –comenta distraídamente mi hermano mayor, al tiempo que distribuye sus indios tras la colina de piñas y troncos secos.
– ¿Pero por qué se lo llevaron? –pregunto, mientras escondo mis soldaditos entre los tiestos de hortensias.
–Yo que sé. Algo haría –responde.
– ¿Y al maestro?
Mi hermano encoje los hombros.
–Algo haría también.
Sin previo aviso, lanza un ataque. El jardín se llena de flechas como las que mamá ha bordado a papá en su camisa azul. Mis soldados abren fuego en respuesta.
– ¡Algo haría! ¡Algo haría! ¡Algo haría! –exclamo atrincherado tras las macetas, cada vez que disparo con el dedo y veo caer a lo lejos un indio herido.
La criada, nos avisa de que la comida está lista. El estruendo de la batalla resuena aún en mi cabeza mientras me lavo las manos en la palangana. “Algo haría”, repito maquinalmente, y sonrío pensando en el fabuloso grito de guerra que acabo de inventar. Ya solo falta que el barquillero vuelva pronto del paseíllo del que papá habla con sus compañeros, golpeándose el pecho con el puño. Echo mucho de menos la música de la vieja ruleta de latón.

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