Alopecia (Josefa García Pastor)

Siempre me tocaba a mí atender a Doña Pura. Hundir mis dedos en su pelo grasiento y aplastado por donde el agua solo pasaba cuando venía a la peluquería. A veces pensé en rociarla con un producto de permanente muy potente para que el pelo se le cayera a pedazos. No hizo falta. Doña Pura se quedó calva y a mí me despidieron del trabajo.

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