Amantes furtivos (José Antonio Leal Romero)

En cuanto se quedaron solos, se devoraron el uno al otro. No mediaron palabra alguna, simplemente se rindieron a la lujuria y a la pasión secreta de los amantes furtivos, reencontrados después de mucho tiempo sin verse. Lentamente, las vestiduras fueron desapareciendo, y los cuerpos desnudos se rozaron, se provocaron mutuamente, y se erizaron. El deseo dio paso a la ansiedad, y los besos dieron paso a los lametazos. Los monumentos del amor, templos profanos erigidos al placer carnal, recibían las alabanzas de las lenguas, públicamente dedicadas a la adoración de la razón, pero secretamente obsesionadas con la adoración del sexo. Después, mientras las bocas se volvían a fusionar, los órganos del placer se buscaron para iniciar el ritual principal. Los gritos sordos, los jadeos y los movimientos rítmicos formaban parte del esencial ritual. Y el objetivo era simple: alcanzar el éxtasis profano. Tras un rato practicando el ritual, llegó el goce eléctrico, extendiéndose desde los genitales hasta el cerebro. Una vez estuvieron saciados, se separaron en silencio. Cubrieron sus vergüenzas y, con la lujuria calmada y el remordimiento creciente, volvieron a sus vidas, a sus familias.

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