Amistad (Amancio Cifuentes Fernández)

Una vez más, Ana jugaba al ajedrez en soledad. Acercó con suavidad celosa el caballo al combate. El fieltro barrió los restos de la infantería caída. Su relinchar atemorizó las ebúrneas filas enemigas. Apenada, susurrando sin apenas levantar la vista hacia el lado opuesto de la mesa. Vacío. La luz espectral de la luna hizo titilar la translucida piel de Kaim. Sonrió antes de ejecutar su siguiente maniobra: Una torre se movió como por ensalmo y sus atezados cañones redujeron a cenizas a jinete y corcel. A pesar de la cetrina piel del muerto, Ana pudo ver su rostro empalidecer por el dolor. Inconscientemente ambos llevaron la mano al costado diestro, donde la piel abierta ardía. Vísceras y arterias de ébano y marfil se mezclaron con el aroma dulzón de la carne quemada. La batalla continuó y perdió en los anaqueles históricos. Las piezas, ensuciadas por el sudor, el polvo y el crúor, se volvieron iguales a los ojos de ambos. La partida perdió el sentido, las piezas restantes, desmoralizadas, se arrastraban en desbandada turbulenta por volver a sus casilleros, esperando una nueva oportunidad de ser útiles a dioses de mugrosas manos que ni siquiera se esforzaron en aprender sus nombres.

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