Amor loco (María Ángeles Peyro)

Hoy he pasado la noche al lado de la araña. La deja sobre mi cama, a una distancia de medio brazo, como mucho. De reojo he visto que es oscura y peluda, y es enorme, casi del tamaño de mi mano extendida. Por supuesto, él la deja metida en su urna transparente. Pero el efecto es el mismo que si estuviera simplemente sobre la sábana: no puedo dormir. Si me duermo, quizá él se acerque y la libere. Y entonces, a lo mejor me despierto cuando la araña esté cerca mío, a unos centímetros, o en cuanto cualquiera de sus patas me roce apenas. Pero a lo mejor no. A lo mejor no me despierto. A lo mejor él espera a que esté tan profundamente dormida que no me entere cuando la araña trepe por mi pierna y suba por mis ingles o mi tripa. Por eso no puedo dormirme. Debo escapar, pero es difícil. Él ha cerrado todas las puertas y bloqueado las ventanas. Me obliga a estar en esta cama. Además, no puedo pensar por falta de sueño. Y no puedo convencerle. No me habla mucho. Aunque hoy sí ha hablado. Ha dicho «Buenos días, bichito». Y después, que mañana traerá cucarachas.

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