Amor de padre (Andrés González)

La abrazaba por las noches en la cama, la apretaba entre sus brazos para detener el desarrollo de su pequeño pecho, que respiraba rítmicamente, ajeno a él; para paralizar la estilización de sus piernas, que algún día, si no encontraba el remedio, correrían lejos de él; para impedir el crecimiento de sus brazos destinados a otros hombres que no serían él.
Ella estaba hecha de calor y de sueño y él sólo podía otorgarle el frío de hacerse viejo.
Al amanecer, sin embargo, ella había crecido y, a la luz del sol, sobre el verde del pasto y bajo el azul irreal del cielo donde vivían, ella se mostraba esplendorosa y jovial, hermosa y suficiente como todo ser que ha nacido, dicen, para morir. En cada poro transpiraba que se hacía mujer y algún día tendría hijas que crecerían escupiéndole su juventud a carcajadas, mientras ella encanecería mirándolas y se debilitaría cuidándolas y lloraría en noches de insomnio, extrañamente feliz, como lloraba él.
Ante el juez, quiso explicar que si apretó demasiado fue para preservarla del mal, de la mezquindaz y estrechez irredimibles de lo adulto; para que siguiera durmiendo, pequeña y confiada, junto a él.

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