Apertura de puertas (Macarena)

Se atisba cierta indulgencia en su forma de mirarme. Nuestras miradas se cruzan continuamente y la incomodidad da paso a la tensión, inundando el ambiente. Aún así, me empeño en continuar escudriñando sus ojos, la línea perfecta que se dibuja en sus labios al sonreír, esa suerte de encanto instantáneo y no buscado que muchas personas adquieren y, y…¡Espera! Ese gesto me desconcierta, ¿no era hace un minuto adorable? La indulgencia, el perdón adelantado que me regalaban sus ojos, no encajan con la expresión general que ahora muestra. Algo está fallando porque de pronto, el hechizo se esfuma; ha dejado de ser atractiva y su encanto se ha convertido en una mueca. Una suerte de muñeca inerme me mira fijamente, suplicando algo desconocido, oscuro e imposible de describir.

La vitalidad es aquello por lo que vivo y hasta, permítanme la expresión, muero. Pero no soporto la fatalidad en el rostro, y menos el perfume de fracaso que esa mujer transpira al sonreír. Suena la apertura de puertas y me precipito hacia la salida del vagón. Azorado, huyo dispuesto a dejar atrás sensaciones a las que no encuentro explicación y que insisten en sentarse una y otra vez delante de mí.

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