Apocalipsis (David Lao)

Hace mucho tiempo hubo una revuelta en el infierno. Todo empezó el día en que Lucifer, en un descuido, lanzó un hueso de las sobras de su desayuno. El hueso fue despedido con tal fuerza que atravesó los altos muros que protegen el inframundo. Todo hubiera sido una simple anécdota de no ser por que Cerbero, en su condición intrínseca de perro, salió corriendo detrás del hueso. El instinto le llevó a buscar el hueso fuera de las fronteras más lejanas del averno. En su ausencia las puertas quedaron abiertas de par en par. En aquellos momentos San Gabriel pasaba cerca de la puerta del infierno en su ronda habitual. Gabriel por mucho arcángel que fuera no podía evitar ser de lo más cotilla, así que no pudo resistir la tentación de echar una mirada al interior del inframundo a través de la puerta. Cuando su divina curiosidad fue satisfecha, salió con un fuerte aleteo de sus alas. No era conveniente que alguien se enterara de su angélico desliz. En su veloz partida una de las plumas de sus alas salió despedida y lentamente penetro en las sombra de las tinieblas. Aquello fue el inicio del apocalipsis.

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