El árbol de la muerte (Santiago González Torrejón)

Transitaba por un largo camino de arena en una extensa llanura de luminosidad excepcional. En la lejanía solo se divisaba un árbol de copa plana y redondeada de pequeñas y tupidas hojas verdes que soportaba un tronco arqueado con escasas ramificaciones.
Llegó al punto exacto donde aquel enigmático arbusto enraizaba sus rizomas bajo la tierra. La sombra daba a dos laderas bien diferenciadas, la oriente, donde se encontraba ella bajo el sol; en el poniente, la umbría, donde se vertían un mar de vísceras sangrientas.
Agudizando los sentidos se escuchaba un murmullo sollozante de imposible traducción, eran millares de voces implorando al unísono múltiples ruegos. Bocas pútridas y desdentadas; gargantas enrojecidas por el desgaste de siglos en gritos de súplica.
El siseo desapareció. Las pestilentes bocas no emitían eco alguno, los oídos no escuchaban, las piernas no andaban, los brazos no se agitaban, los ojos impertérritos no oscilaban. Todo estaba bajo la oscuridad de aquel árbol que dejaba en sombría el mar de vísceras que formaban un único cuerpo despiezado en millares de seres que esperaban una respuesta.
Después, un grito ahogado de millares fauces.
Silencio absoluto. Oscuridad.

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