Arreglo (Carlos Vidali Rebolledo)

Carolina llegó a la escuela como exiliada política. Teníamos ocho años y nos estábamos acostumbrando a recibir a niños tristes por la plaga de golpes de estado que se desató en el continente. Carolina era hermosa, morena, de ojos verdes y con un acento que enamoraba. Eso nos pasó a Sergio y a mí, mi mejor amigo y yo nos enamoramos de ella en cuanto la vimos. Sergio y yo le íbamos al mismo equipo, y cuando jugábamos él prefería ser delantero y yo portero: nunca competíamos por las posiciones y compartíamos generosamente nuestras canicas. Tras la llegada de Carolina nos olvidamos del fútbol y de las canicas y comenzamos a hablar sobre ella, sobre cómo nos miraba y sobre cómo sus palabras nos embelesaban. Al aumentar el amor, me preocupé, no tenía muchas opciones: o renunciaba a Carolina, dejándola a mi mejor amigo, o tendría que enfrentarlo diciéndole que era imposible seguir siendo amigos y competir por la misma niña. No me atrevía a decírselo, aunque el pensamiento me atormentaba. Un día llegó a la escuela muy contento y me dijo, “he hecho algo que te va a gustar”, y me mostró, dibujado dentro de su mochila, un gran corazón que encerraba su nombre, el de Carolina y el mío.

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