Ars Gratia Artis (Adrián Raich)

Los golpes de un pie impaciente retumban en el vacío del sepulcro urbano. El lecho mullido, futuro ataúd, ya no volverá a rechinar con el ritmo frenético de la procreación. Sentado en él, un desdichado espera ansioso su funesta ventura. Sólo lo acompaña un retrato sin rostro que resalta la falta de identidad en una sociedad descompuesta, envilecida por la codicia, abandonada a la frivolidad del pecunio y de la estética. Sabe que en breve será asesinado y que todo parecerá un suicidio. Se cuestiona si el arte justifica los medios, si está por encima de la moral. Repite en su cabeza el nombre del homicida: Manet, Manet, Manet… En su mano derecha sostiene un revólver con el que piensa aferrarse a su única certeza, la vida, pero tiene claro que es inútil, que Dios crea y destruye a voluntad. Así, pegado al volumen ficticio que enmarca su realidad, observa impotente cómo se le acerca la lanza del destino en manos de su padre. La punta escarlata, con una sutil estocada, emula un disparo silencioso que tiñe su camisa blanca con el color de la eternidad. La tragedia se ha consumado. El asesino, el Dios, el artista, por fin ha terminado su obra.

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