Avances terapéuticos (Joaquin Ferreira Bacciarini)

Al salir de la habitación Lorenzo recordó, una vez más, lo difícil que era transmitir malas noticias. Julia tenía cáncer, y le quedaba poco tiempo de vida.
Caminó cabizbajo por el pasillo, con las piernas pesadas y un nudo en la garganta. Al llegar a su escritorio se detuvo, abrió la historia clínica y sacó el bolígrafo de su bolsillo. Se quedó de pie, inmóvil y pensativo, como si lo hubieran desconectado del mundo. La enfermera se acercó a su lado y, como todas las mañanas, preguntó si haría algún cambio en el tratamiento.
Lorenzo estaba aturdido, como un boxeador al que acababan de noquear en el primer asalto, incapaz de escuchar a su alrededor. La enfermera, extrañada, repitió la pregunta. Esta vez Lorenzo asintió con la cabeza y, resignado, indicó una transfusión. No fueron glóbulos rojos ni plaquetas. Fueron lágrimas, y en infusión lenta.
En aquel hospital, días después, se fundó el primer banco de lágrimas. Por fortuna aparecieron voluntarios que, con sus cristalinas donaciones, permitieron llorar desconsoladamente a los pacientes terminales. Eso sí, lloraron en paz, sin temor a que se agoten de un momento a otro sus reservas fisiológicas.

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