Con Azorín por el camino (Manuel Díaz Aledo)

Sentado en una piedra, al borde del camino. Descansando en el sendero pedregoso, yermo. El cielo limpio. Su espíritu inquieto, buscando inspiración para su pluma.  A lo lejos, la polvareda neblinosa de un carruaje. Sentado en esa piedra que se antoja incómoda. Buscando en las entrañas de su mente. Exprimiendo su alma. Como tantas veces. Recuerdos ya caducos, sentimientos vivos aún muy adentro. Removiendo lodos del fondo del lago. Agitando las ramas del frondoso árbol de su vida. El aire quieto, quema el rostro. El sombrero le cobija y evita que ardan sus pensamientos. Ha recorrido el camino entre las eras y los campos de trigos segados. Es mediodía. Sus palabras brotan fogosas. Mira al frente. Sí, es eso… Musitando, parece que escucha. Y también la abubilla que le mira desde unos cardos a su izquierda.
Sentado en una piedra…Azorín. Al borde del camino. Surge, como un torrente, “Enfrente, el infinito campo de Castilla…” Lo anota en su cuaderno. Se levanta y mira la piedra. Dura y de mal asiento. Es la inspiración que cuesta como un parto. En la mañana nítida, el sentimiento expulsa las flores del alma… Enfrente, el infinito campo de Castilla.

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