El baile (Macarena Fedriani)

Cuando Antoinette propuso hacer una fête, unas semanas antes, Luis estuvo tentado de decir que no. Conocía los libelos que circulaban por París. Estaban llenos de reproches por el gasto desmedido de la monarquía. También de críticas hacia la Reina, a quien llamaban con desprecio la austriaca. A pesar de todo, al final optó por complacerla. Sabía bien lo que ella sufría con los chismes y habladurías y con la odiosa etiqueta. Luego estaba el otro asunto. El secreto de alcoba que él anotaba discretamente en sus diarios. Rien.
Ella se mostró entusiasmada con los preparativos. A Rose Bertin le encargó un fastuoso vestido de seda y encaje, y a Leonard, su peluquero, un tocado de plumas nunca visto antes en la Corte. El día antes del baile, mientras almorzaban, exclamó con regocijo:
— ¡Ya verás, querido, todos hablarán de la belleza de la reina!
— No sé si hacemos bien en gastar tanto – respondió Luis. –Turgot está alarmado por la carestía de pan. El pueblo pasa hambre.
—Pues que coman bollos – dijo la reina molesta, masajeándose el cuello justo por donde años más tarde lo acariciaría la guillotina.
Luis la miró unos instantes. Luego, siguió degustando el faisán con voracidad.

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