El baile (Marisa López Mosquera)

Vienen de un mundo de subsuelos donde el trabajo es un dogma y el mínimo relax una rebelión que se castiga. Escudriñan la sala cuando llegan, pisadas suaves, aliento contenido. Ocupan, impasibles, su puesto marcado en el suelo aguardando, se observan. Y a una señal del Maestro, se deslizan junto a su pareja en un baile armónico. Contemplar sus giros expertos, la tímida sonrisa que esbozan cuando el paso se complica y salen airosos, es tan conmovedor como saber que ninguno de ellos escucha el más leve sonido. Privados del sentido del oído al nacer, jamás han podido escuchar ni un batir de alas, ni un mínimo aleteo. Pero se mueven por la pista con agilidad, los cuerpos estilizados, las espaldas rectas. Aquí no son simples peones de un juego ajeno, sino reyes y reinas demostrando su talento, para lo que debieron haber sido creados. Cuando pasan ante mí se crecen, se estudian, no puede haber espejo más feliz, ni osadía más radiante. Por un momento, incluso yo siento que me desplazo, como si tuviese cuerpo. Más allá del delirio, de la rebeldía, la madrugada nos envuelve con su pulso implacable. Ahuyentando con su luz la magia de la noche, devolviendo a cada uno a donde pertenece.

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