Banquete (Félix Morales)

Llegué a una sala de enormes ventanales que daban a occidente. Se servía la cena y en mi lugar, vacío, había una tarjetita con mi nombre. Me senté y saludé a mi vecino, pero estaba dormido. Todos estaban dormidos. Algunos, con la cabeza metida en el plato de sopa. Cogí la tarjeta. En su reverso, tenía pegado un trocito de espejo. “Es una cortesía del anfitrión” -dijo, sin despertarse, al verme sorprendido, la comensal de la derecha-. “Le encantan” -prosiguió entre ronquidos- “las almejas podridas y las niñas que cantan canciones infantiles como si fueran a morirse”. A mi lado, ya recitaba el camarero: “De segundo, señor, tenemos tortilla de gambas o canapé de cadáver”. No esperó mi elección. Con el cuchillo empezó a trinchar un ataúd negro rematado en su anverso por una cruz dorada. Me sirvió un trozo, rebosante de gusanos. Sabía a “desespero”, a “grito desgarrado”, a “esto es imposible”. Cerré los ojos, llorando, y los tres abismos salieron, hechos uno, por mi boca convertidos en palabras al despertarme sin saber (aún no lo sé) si estaba despertándome.

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