El beso del amanecer (SANTIAGO FILÁRTIGA LAMAR)

Es la hora en que el día llega al mundo y se promete perdurable y feliz. Una luz blanca baña la bahía y sus alrededores. La afable brisa matinal se mezcla con el débil calor de los primeros rayos de sol. Más tarde, vendrán las llamas, el humo, el rescoldo, la ceniza. A esta hora, el presente está henchido de futuro. También vacío de máculas. En la esquina de Benjamín Constant y Montevideo, dos amantes se besan contra un automóvil. Tienen más o menos la misma talla, por lo que el ensamblaje de los cuerpos resulta armonioso. Sus bocas besan y sonríen al mismo tiempo. Un muy fino vapor expelen por el breve intersticio que dejan, a veces, las comisuras de sus labios. El beso dura y, cuando parece disiparse, sus mandíbulas se dilatan denodadamente y le devuelven el vigor. En sus pechos, palpitan tiernos músculos. Nunca más tendrán veintitantos. Pero aún no lo saben.

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