El bien inalcanzable (Andrés Julián Badillo Camargo)

El joven violinista se paraba junto al muro. Desde su sitio rodeado de piedras, podía ver el paraíso. El joven abría su estuche y desenfundaba el instrumento musical para competir con el canto de las aves de aquél jardín. Había muerto, y su alma, vapor humano, deambulaba entre las nubes preciosas sin un fin. Negado para él el fuego purgador de los pecados, y el limbo, tajada indecisa entre la gloria y la pena, había decidido conquistar su salvación a través de su violín fantasmal. Fue tanto su empeño que una tarde la puerta se abrió. Un viejo de milenios se abrió paso entre su presencia y las nubes, supuso el violinista que era Dios, y comenzó a interpretar su ave de madera y cuerdas con desesperación, ante la indiferencia del viejo que no podía distinguir entre el llanto de un violín y el zumbido de las moscas. El viejo desapareció, contagiado por la indiferencia de todas las cosas creadas, pues era en efecto Dios, y estaba arrepentido de haber moldeado el BIEN inalcanzable. El joven cruzó la puerta abierta, y una vez en el paraíso, se dio cuenta de que éste se encontraba sólo poblado por la inocencia de las bestias. Fue cuando decidió seguir a Dios, hacia la sentencia llameante.

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