Bodoni (Miguel Paz Cabanas)

Para mis hermanas todo eran trabas y objeciones: la higiene dudosa, la posible estafa, el riesgo de una septicemia fulminante. Mi madre, sin embargo, lo celebró como una chiquillada y cuando el viejo le mostró su nombre tatuado, con una delicada y fantástica letra bodoni, se le iluminó la cara con una sonrisa.
Lo cierto es que nadie se hubiese imaginado que el viejo, a sus setenta años, se grabaría el nombre de su mujer en el bíceps. El esposo anodino, el contable servicial, el coleccionista de tacitas de porcelana. Parecía allí sentado (con su piel quebradiza y amoratada) un perro manso.
Yo no revelé nada cuando supe de qué iba la cosa, cuando supe, tras un tropiezo casual con su médico, que mi padre sufría principios de alzhéimer. Ni lo que el doctor me había susurrado aquel día, mientras el viento limpiaba de nubes grises el cielo: que el viejo se había tatuado el nombre de mi madre para no olvidarlo jamás.

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