El brindis (Daniel Soler Boquera)

La orquesta siguió tocando su repertorio, pero ya nadie bailaba. Yo me quedé escuchando ensimismado, sin poder apartar la vista de aquel improvisado escenario… Y en ese momento sentí la música como un bálsamo redentor.
Después de un último vals, dejaron de tocar y se hizo el silencio. Un milagroso instante de silencio que me pareció eterno. Me acerqué a ellos aferrado a una botella de brandy, el mejor brandy que teníamos en el bar. Los músicos aceptaron mi invitación. Serví el licor y alzamos las copas solemnemente. La noche era deslumbrante, y un torbellino de estrellas se reflejaba en el finísimo cristal. Nadie dijo nada, solo brindamos y saboreamos aquel exquisito néctar como si estuviésemos posando nuestros labios en el mismísimo Santo Grial. Se escucharon murmullos a nuestro alrededor, tristes plegarias que multiplicaron el misticismo del momento.
No hubo tiempo para nada más.
Aquel majestuoso barco se hundía.

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