Bus stop (Lucas Reig)

Se subió al autobús como todos los lunes, se sentó mirando al suelo, ni siquiera se fijó en la gente que lo acompañaba. Le esperaba otro día gris en la oficina. Se respiraba un aire dulce y siniestro, como de almendras amargas. Hacía frío, las ventanillas estaban empañadas con una fina capa tráslucida que parecía un glaseado de azúcar. Cerró los ojos y recordó el sueño del que todavía no había acabado de salir. Estaba al lado del mar y alguien le ordenaba que contara todos los granos de arena que había en esa playa. Le pareció normal, empezó a contar  y el tiempo iba pasando en paz y sin hacerle daño. Al llegar a su parada, el autobús emitió un ruido seco como un gran suspiro mecánico, como si hubiera llegado a su destino final. Levantó la vista y vio que era el único pasajero que quedaba,  la puerta del conductor estaba abierta y el asiento vacío. Bajó a la calle y se encontró en un lugar que no conocía. Entró en el bar que vio enfrente y la gente, sentada en viejas mesas de madera, bebía sus copas en silencio. No entendía el idioma ni reconocía los rasgos de las caras. Pidió una copa señalando con el dedo, se sentó en una mesa y siguió contando granos de arena.

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