Cabeza de mango (Pablo Colina Fonseca)

Casimiro era obediente y servicial, aunque lo apenaba terriblemente un defecto: su cabeza tenía forma de mango camboyana. A pesar de su gentileza y buenas maneras, conseguir una novia era todo un desafío, porque a las chicas les daba vergüenza cuando algún impertinente surgía en una reunión social para llamarlo a viva voz “cabeza de mango”; pero Casimiro no se rindió en su cometido de poseer a las más hermosas de las doncellas.
Se transformó con el tiempo en un verdadero maestro del romance, concibiendo consumadas técnicas y herramientas: helados servidos en cucuruchos caminando frente al mar en una tarde de acceso furtivo; poemas escritos en el WhatsApp, engalanados con emoticones ridículos; cucamonas de toda especie y la visita indiscutible a su oasis secreto, imitación del estilo dravídico.
Poco a poco fue creciendo su menú de opciones. Después de muchos encuentros y auditorías realizadas a las flamantes candidatas, descartando babirusas y ajolotes, halló a su Eva dorada: Anastasia. Encanto, buen humor y responsabilidad. Todo en una sola mujer, pero el verbo de Anastasia era muy directo y en la intimidad le decía a Casimiro sin cesar: “cabeza de mango”, “cabeza de mango”…

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