El cabrero (Maruja Moyano Peña)

Sabía elaborar el mejor queso del mundo. Había seguido con atención las instrucciones de su abuela que a su vez, había aprendido de una generación tras otra. A pesar del silencio cotidiano del paraje, jamás se sintió totalmente solo. En el pueblo, pocos kilómetros de camino más abajo, siempre estaban los amigos dispuestos a compartir unos vasos de vino y una partida de cartas.
También le acompañaban sus tres perros, a los que hablaba como si pudieran entenderle y tal vez lo hacían, por el modo en el que le miraban durante sus monólogos sobre la vida, sentados todos frente al fogón de su cocina.
Sabía de quién era hijo cada cordero que nacía, al fin y al cabo, él era el comadrón en los partos de sus cabras y pocas veces tuvo que pedir ayuda al viejo veterinario, solo un par de veces. En una ocasión, cuando uno de sus animales enfermó intoxicado y otra, cuando su perra pastora, la mejor ayudante que había tenido, cayó herida de muerte al enfrentarse a una alimaña defendiendo su ganado.
Hablaba del mundo y de la vida con la profundidad de cualquier sesudo filósofo y reflexionaba sobre las cosas con calma, pues capacidad y tiempo nunca le faltaron.
Pero no, no sabía escribir.

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