Café con leche y cenizas (Cristina Díaz Aragón)

Ernesto echaba cada mañana una pequeña cucharada de su difunta esposa en el café con leche. Conoció a Marisa una tarde de febrero, y a su muerte, quiso dar marcha atrás en el tiempo y regalarle ocho mil quinientos tres girasoles, que fueron las noches que durmió a su lado hasta que una mañana despertó junto a su cadáver. Los girasoles le recordaban a las tardes de domingo en las que comían pipas en el sofá. A su ausencia, Ernesto detestó las pipas y añoró cada peca, cada beso y cada enfado de Marisa. Y viéndose solo, sentado en el viejo sofá, beberse sus cenizas sería su última gran declaración de amor. Una mañana, mientras daba pequeños sorbos al café, Ernesto quiso contar su historia. Pero mil doscientos caracteres le eran insuficientes para contar una historia de más de doscientas mil horas, así que contó el mejor final que le supo dedicar. Y tras haberlo contado, Ernesto había querido demasiado a Marisa. De modo que con una urna vacía en las manos, unas manos arrugadas que ya no tenían a quien acariciar y las ganas de hacer café muertas, el viejo Ernesto dio un largo paseo hasta llegar de nuevo a febrero, y bajo los copos del invierno se ató una cuerda al cuello y se marchó.

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