Un café (Plácido Alamillo Bau)

… la pareja que fuma un cigarrillo junto al bocoy me ha mirado, los dos al unísono, y yo, que envidio esa sincronía, en el afuera de esta cafetería, muevo mi café con dos cucharillas. Se ve que el camarero no ha reparado en que son dos pegadas, muy juntas las dos se tocan, se abrazan, se besan, lo que es propio de cualquier cucharilla enamorada. Al instante un grupo de mujeres dulcemente olorosas, y con aspecto de catequistas ociosas, me han preguntado, también al unísono, si es que estaban ocupadas las sillas. Y yo les he respondido: ojalá, con lo que el grupo ha entendido enseguida que no, y me han sugerido con la variopinta mirada de una tropa homogénea que me refugie en Dios, ¡hay tanto amor ahí!, parecían decir. Después, sin reparar en mi dolor, han dejado sin sillas el espacio que rodea a la mesa que ocupo. Ellas, los muebles sencillos que daban sentido a mi mesa, a mi café, y por qué no decirlo, a mi vida, han dejado un hueco enorme lleno de espacio vacío.       Maldición, no sé qué pasa hoy que el café no se enfría y el camarero me observa desde la jamba de la puerta, debo dar pena…

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