Cálido, difuso y bello (Ángel Lastra Prieto)

Muevo los remos mientras tengo la extraña sensación de que mi mente no está dentro de mí, sino ahí fuera, diluida en el ambiente, entre las gotas de lluvia que se precipitan por todas partes.
Una niebla blanquecina comienza a materializarse en el espacio, sobre las agua del Támesis. Rodea mi bote y envuelve el puente Maidenhead, a mi derecha. A medida que la niebla se vuelve más densa, parece absorber la luz del sol y se vuelve dorada. El aire comienza a solidificarse y la lluvia cae cada vez más despacio. Pronto me doy cuenta de que me resulta muy difícil moverme, pero no me preocupa; me cuesta respirar, pero no lo necesito.
El sonido de una locomotora se estira sobre el puente. Algo me obliga a hacer un esfuerzo para girarme a mirarla. Entonces el tiempo se detiene. La máquina se queda parada en mitad del Maidenhead, escupiendo a la lluvia estática un vapor que no se mueve, y algo me dice que, tras ella, una liebre se ha petrificado mientras corría. Ahora todo es cálido, difuso y bello. Todo me sobrecoge.
Unos minutos después, cuando salgo de la galería fuera ya de mi letargo, las mismas palabras se repiten sin cesar en mi cabeza: Lluvia, vapor y velocidad, de Joseph Turner.

 

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