Caronte (Liliana García)

Es la última de la fila. El silencio es absoluto, casi perfecto, como en un convento. Forma parte de la caravana, en esa tierra de nadie, puente de otro mundo. Sigue obediente, abrigada en su manta, la señal de la linterna, esa cinta fugaz de estrella inexplicable. Una barca de atrevida arquitectura aguarda, expectante, lamiendo la orilla. Otra vez ese dolor sordo en la cintura, que le advierte de aves congeladas en sus ramas, de moradas ancestrales y del lento goteo de la espera. Fatiga los ojos tratando de ver más allá de las sombras. Un farol de luciérnagas, tal vez, pendiendo de un brazo robusto. Cuando llega el turno de subir, una cálida mano la sostiene. Alza la vista y un cuerpo silenciado de tristezas, con ojos de pantera, la observa. Una chispa recorre el tejido vital de sus pesares, rompiendo los límites de la desesperanza. Sonríe como un salto al vacío, tocando siglos en las puntas de esos dedos, y mudando para siempre el mundo de las brumas. Cuando la luz de la linterna se aleja, el exiliado de la muerte suelta las amarras, perpetuo y silencioso. Turbado por aquella piel, es la primera vez que, madurado de nostalgias y de heridas, ablanda su coraza e imagina la ternura.

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