Cenicienta y la madrastra (David)

Cenicienta y la madrastra se miraron a los ojos.
-¿Por qué?
-¿Y aún hoy te atreves a preguntar por qué?
-Yo sólo quería que me amaras.
-Yo nunca podría amar a alguien como tú.
-¿Por qué? ¿Por no ser de tu sangre? ¿Por no ser tu hija légitima? Prometiste a mi padre que me amarías como si fuera tu hija.
-Y eso hice.
-¿Cómo puedes decir semejante cosa?
-No te hubiera querido más si hubieras sido de mi sangre, niña. Ni despreciado menos.
-¿Qué quieres decir?
-¿Qué clase de mujer eres? Sólo me produces desprecio. Ni siquiera sentada en tu nuevo trono eres capaz de sostener la mirada. Siempre débil. Siempre infantil. Siempre esperando un príncipe azul que te rescatara porque eras tan inútil que no podías hacer nada por tí misma. Sólo limpiar.
-Tú ordenabas y…
-Y tú, niña, obedecías ciegamente. Como un trapo sin vida. Como un autómata sin personalidad. ¿Cómo querer a alguien así? ¿Dónde estaba tu carácter?
-¡Ahora yo soy la reina!
-Una reina que necesita decir que es reina, no es una buena reina.
-¡Basta!
-¿Qué te molesta más niña? ¿que te hiciera limpiar, o saber que tengo razón? No eres una reina. Sólo una muñeca que ha cambiado de dueño. ¿Cómo no despreciar a alguien así? ¿cómo?

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