Cenicienta y las lentejas (María José Gutiérrez Lera)

Cenicienta estaba llorando. Su madrastra acababa de dejarla sola, para marchar con sus hijas al baile de palacio. Pero antes había volcado el cuenco de las lentejas que la joven había limpiado y le había encargado recogerlas. Estaban desparramadas, embebidas en las grietas de las baldosas, escondidas tras los cacharros de latón y la leña apilada junto a la chimenea. Cenicienta no podía parar de llorar mientras cogía, una por una, las pequeñas y humildes lentejas.
Una luz brilló de repente en la cocina y Cenicienta vio un hermoso ser de melena plateada, cuyo rostro cambiaba como un reflejo en el agua removida de un estanque.
-Niña querida, no te afanes más -dijo la aparición -. Porque yo lo quiero así, tú irás al baile, y serás la más hermosa entre las mujeres.
Cenicienta se encontró de pronto suspendida, sintió una lluvia tibia y olorosa a jazmín y peonía que la recorría y un ropaje blanco la revistió como una grácil bruma. El hada hizo un gesto y las lentejas, las miles de lentejas esparcidas, se alzaron en el aire, relumbraron, y vinieron a adherirse al vestido como cientos de diminutos cristales resplandecientes.

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