A sangre fría.

De pronto todo se manchó de sangre. Pero nadie se dio cuenta. La vida se cubrió con una espesa capa escarlata que, a los ojos de los demás, fue la primera nevada del año. Pura mentira. Todo estaba manchado de sangre. El frío, el viento, el vacío; el silencio pacífico que devuelven los propios pasos hundiéndose en la la nieve; los carámbanos mortales como puñales pendiendo de las cornisas; los regueros helados de las aceras, como esperanzas marchitas, y el propio vaho de mi aliento, se tintaron de un tono rojo encendido. En verdad, fue una completa casualidad que, justo en el momento en que decidí matar el pasar del tiempo, me pillara yendo al trabajo con el termómetro ya a bajo cero. Podía haber sido cualquier otro día, pero es que cuando me quise dar cuenta de que el momento se estaba pasando, tal vez, ya era un poco tarde. Y no estaba yo como para esperar primaveras. Así que, maté al tiempo a sangre fría un amanecer de invierno. Aunque nadie pareció notarlo. Fue para mediados de julio, cuando algún avispado comenzó a sospechar y a consultar el portal de la Aemet, junto al calendario zaragozano; por prevenir, más que por curar. Porque curar, lo que se dice curar, no era posible. A finales de septiembre, la realidad era más que una evidencia.
—Pues parece que este año nos quedamos sin verano.
—¿Ah, sí?—contesté—. No me había dado cuenta.

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Nombre: María Eugenia Hernández Grande

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