África

Soledad. Ese fue el primer sentimiento de David mientras cruzaba la inmensidad dorada del Kalahari, observando los imponentes leones y escondiéndose de las lanzas envenenadas de los Khoisans hasta el lugar en el que el amarillo llega a fundirse con el azul salpicado de espuma en el Delta del Okavango. Ese contraste lo enamoró y en un ínfimo segundo supo que jamás volvería a considerar como su hogar ningún otro sitio del mundo.
Sus pasos le llevaron hasta la despiadada selva. Pero ni siquiera la salvaje jungla pudo hacer que renegara de su amor africano. David persiguió entonces la escarpada orilla del río Zambeze y llegó hasta los Makolo para descubrir su amado “humo que truena” y decidió que aquella majestuosa caída sólo podía llevar el nombre de una reina.
Buscó después con ahínco el nacimiento del Nilo, trazó mapas de los mortales rápidos de Kabrabasa y abandonó el lujo que le ofrecían para dormir en libertad bajo las estrellas. Y cuando fueron en su busca, David se negó a dejar a sus hermanos.
Cuando sus ojos se cerraron por última vez, su cuerpo se trasladó hasta su Inglaterra natal para reposar en la Abadía de Westminster. Sin embargo, su última voluntad fue cumplida y, antes de partir, el corazón del Doctor Livingstone fue enterrado bajo un árbol africano en la tierra que vio nacer al ser humano.

Autor

Nombre: Daniel Romero Armas

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1 comentario
  1. Voto por ese descriptivo recorrido. Suerte.

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