Ansiado encuentro

La anciana se levanta de la mecedora, se agacha con dificultad y atiza el rescoldo adormecido del brasero picón. Hace frío, pero en la estancia el ambiente es cálido y apacible, mejorado, si cabe, por el aroma que dispersan unas ramas de alhucema que ha echado sobre los carbones avivados.
La anciana reanuda la labor de punto. Sus manos temblorosas embridan la lana sobre las agujas con las que teje una prenda eterna, pues parece estar siempre en el mismo punto de su hechura. Nadie usará la bufanda que teje desde hace tanto tiempo. Era para su marido, pero éste murió hace años. Ella cree que el día que la termine se volverá a encontrar con él. Pero la anciana siempre se queda dormida al poco de emprender la labor, como sucede ahora.
De repente surgen del brasero unos hilos de humo, saltan chispas que van adquiriendo entidad de hadas, de diminutos ángeles lechosos que revolotean por la estancia. Son como silenciosos fuegos de artificio, como férvidas luciérnagas… Los entes alígeros lo invaden todo, las cortinas, la falda de la mesa, la madeja de lana… Se apoderan de las agujas de tricotar, la domeñan y sin que ningunas manos las gobiernen se entrelazan las agujas con la lana conformando una urdimbre. Milagrosamente la prenda queda terminada.
La anciana no despertará más. Una mala combustión del brasero ha atufado la estancia.
La dulce sonrisa de la anciana nos anuncia que, por fin, tuvo su ansiado encuentro.

Autor

Nombre: Francisco Javier Guerra del Río

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1 comentario
  1. Magnífico. Se podía adivinar el final anunciado con antelación: «cuando termine la prenda se reunirá con él». Pero esto no le quita mérito a tan soberbia narración.

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