Aún llueve en mi memoria

Tañen las campanas de la iglesia; aúllan los perros en la lejanía. Son las tres de la madrugada y nada se mueve en la pedregosa aldea. Vaporosas evanescencias cubren los trofeos del camposanto convirtiéndolos en naos que marchan a la deriva en mitad de un brumoso océano. Los zagales ya no corretean por sus solitarias calles ni el sereno canta las horas, no; ya no quedan flores en el trigal ni lumbre en los hogares. Ya no se oyen canciones en el interior de las tabernas ni versos ni estribillos entre los muros de la vieja escuela. Solo el viento aúlla al doblar sus esquinas, al zarandear alguna de sus desvencijadas ventanas. Las sirenas vuelven a atronar, inquietantes. ¡Ahí vienen! Se oyen voces aspiradas, golpes; portazos. Una gélida llovizna desciende sobre los tejados; repiquetea al discurrir por los oxidados canalones. Unos pasos, imprecisos, transitan con desánimo por las callejuelas. Un eco distante, aún, se percibe entre las ruinas del monasterio. Cantan a laudes unas profundas voces, lejanas y solas. Una vela quedó prendida en uno de los altares; tal vez, aún quede esperanza más no vida. Belchite, pueblo viejo, pueblo yermo. Tañen sombrías sus campanas, pero nadie acudirá a su reclamo; nadie, excepto la vieja dama.

Autor

Nombre: Antonio Pereira Gallardo

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