Caballo de Troya

Las cenizas caían sobre la cera seca. Podría decir que sólo a una persona como él se lo ocurre encender velas usando un cigarro, pero lo cierto es que no lo conocía tanto. Dudaba de su propósito, pero la llama surgió frenética y rápidamente. Se agitaba azotada por la poca corriente que entraba. Me vi envuelta en esa lumbre en miniatura que bailaba con furia bajo nuestra atenta mirada. Tan fuerte y tan frágil como la situación en la que me encontraba.
-¿Pedimos algo o te vas a quedar mirando la vela todo el día?- preguntó sonriendo mientras apagaba la colilla. Salí del trance y asentí. Aún callada. Aún nerviosa.
-Cuánto has cambiado…- dijo tras mirarme unos segundos. Sorprendentemente, nos vimos inmersos en una conversación ligera, refrescante y espontánea, tanto como las cervezas que sorbíamos animados cada poco. Todo iba inesperadamente bien. Hacía años que no me sentía así con él y debo reconocer que una parte de mi se alegraba. Pero entonces todo se torció.
-Vamos, solo era una pregunta -dijo tratando de quitarle importancia. Puse los ojos en blanco- ¿sabes? en realidad no me importa lo que tu madre te haya hecho creer sobre mi…- siguió hablando pero yo dejé de escuchar. No paró. Me miraba, pero no me veía. La conversación anterior había sido el caballo de Troya con el que bajar mi guardia. Pero no, ya habían sido muchas. Me levanté y di un trago a mi cerveza.
-Qué pena que tú no hayas cambiado nada- le dije con indiferencia. Y, por primera vez, simplemente me fui.

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