Con los ojos de Mariel

Sé de un rincón perdido en los suburbios porteños, que en la profundidad serena de sus noches, es testigo de los lentos pasos de un anciano frágil. Camina siempre al filo de los claros de luz naranja que cuelgan de las sombras de una calle indiferente y jamás se detiene en las esquinas. Sé, que llega siempre al mismo banco roto, de la misma plaza sin nombre, y hundido en la más espesa de las oscuridades posibles, mira al cielo siempre en la misma dirección. Sienta la vista en la más pequeña de todas las estrellas y piensa. Piensa en la inmensidad y en el infinito, que son para él la misma cosa. Piensa en las distancias inefables que lo separan de esos pequeños puntos blancos, y entiende, que ese brillo que se viene a morir al fondo de sus ojos grises, es ya parte del pasado. Cree que si pudiese ceñir suficientemente sus cansadas pupilas, le sería otorgado el don de ver el pasado del que esa luz es hija. Y entonces, como cada noche, piensa en Mariel. Siempre piensa en Mariel. La recuerda en todas las plazas, en todos los balcones y en todas las tardes con su sonrisa de marfil y sus ojos esmeralda, bajo el suave sol de los otoños compartidos. Y entonces comprende, que él también tiene su propio lucero que es del polvo, pero cuya luz aún le llega de algún modo misterioso. Y llora amarga y pesadamente, porque sabe, que allá lejos, en algún lugar junto a esos infinitésimos refulgentes, hay un haz de luz viajando para siempre hacia la nada, con los ojos de Mariel.

Autor

Nombre: Bruno

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