Crisis con un poco de dulce

No voy a hablar de la Crisis, con mayúsculas, pues unos la niegan y los demás la padecen, qué se le va a hacer. Pero la Crisis no ha podido derrocar la muy ancestral costumbre de tomar un café en la calle. Total, son 1,20 euros si hay suerte; si la suerte no sonríe, habrá que dejarse algunas monedas más. Pero el hecho de que el fresquito nos alegre las pajarillas por la mañana…
Sorprendido por el heterogéneo tropel de parroquianos aferrados cada mañana a su vaso o a su taza, que no siempre hacen pareja con una tostada (todo hay que decirlo), he decidido sumarme a la costumbre de recalar un par de mañanas a la semana en la cafetería que hay junto a mi lugar de trabajo: no es curiosidad sino trabajo detectivesco.
Concentración y oído a las conversaciones que, curiosamente, tocan el tema de los pecunios con una inusitada frecuencia. Mientras, el camarero ya ha depositado mi humeante café en la mesa. Tomo la taza y la acerco a mi nariz; el aroma me embriaga. Primer sorbo y una quemazón me corre por la garganta. También el sabor amargo. Azúcar ¿me han puesto azúcar? Sí. Antes de abrir el sobre para verter su contenido me detengo a leer las curiosas citas que en el reverso del mismo se encuentran impresas. Me sorprendo: Se nota que hace tiempo que no gasto mi euro con veinte diario en un café, porque no los tengo… Creo que es una idea magnífica: intentar culturizar a la población a través del azúcar. Miro alrededor y mis esperanzas se difuminan. Todos han pedido sacarina.

Autor

Nombre: Francisco Javier Torres Gómez

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1 comentario
  1. Magnífico

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