Déjame que escale

Déjame que escale por estos muros, con las uñas de mis pies y mis manos, que alcance el techo más primitivo que un hombre pueda asumir. Mis sueños vienen de muy lejos, han viajado durante años a través de los campos sembrados, han atravesado bosques de silencios que duermen, caídos en el camino, con el dolor de quienes buscan lo que aún no han encontrado, buscan dentro, con esa pequeña linterna atada a una larga soga, hasta la profundidad de un pozo repleto de manecitas de musgos y helechos, de huesos de recuerdos, de la historia que ahora quieres rescatar hasta la superficie, como un enorme y antiguo pez extinguido.
Déjame escalar por estas paredes circulares, plana escalera de caracol sin peldaños. Déjame girar en el torbellino de una flor, en los círculos del vuelo de una abeja, en la esfera de una taza vacía de café, pero llena de memoria.
Cuanto mayor es el número de descubrimientos, así es el número de rompecabezas. Continúo corriendo tras de mí, para encontrar quién está dentro, quién hay en esta urdimbre de curiosidad. Tiro de un hilo, que sobresale entre los platos sucios de la cocina, un pedazo del brazo de alma, agitándose tras unos gruesos barrotes, pidiendo a gritos salir del túnel donde se encuentra.
Me voy a dormir, espero soñar, con un barco sin motor, con las velas desplegadas hacia la costa de los mosquitos de mi viejo amigo, Paul Theroux.

Autor

Nombre: Jorge S. Arroyo

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