Dejarse llevar

Habría sido capaz de ser feliz si hubiera sabido cómo. Debería haber puesto más empeño, más interés pero solo supe seguir la corriente. Sí, alguien podría decir que he sido experto en dejarme llevar.
Y no es que tenga mal fondo, qué va. Mi madre siempre lo decía: “El caso es que tiene buen fondo, el cabrón”. Porque, aunque se me escapara la pierna cuando pasaba por delante para servirme el desayuno antes del cole y se tropezara y muchas veces acabara en el suelo, no lo hacía por maldad, lo hacía por si así me venía a la boca algo distinto al amargor que me subía de muy abajo, por si podía extender los labios como hacían mis amigos y reír y soltar una carcajada de felicidad.
Mi madre me daba una colleja cuando se levantaba del suelo pero no me explicó nunca eso de la felicidad. Yo achaco a esa falta de información la deriva de mi comportamiento. Porque luego fueron las ranas y los murciélagos. Todo por hacer caso a Quintín que se reía tan bien que me llevaba donde él quería. Hasta me llamaba chucho. Y bien agarrado que me tenía con su risa cascabelera. Ahora, que el día que me harté dejó de reírse.
Ya le digo, todo ha sido un dejarme llevar. Y esto de ahora no voy a decir que no haya sido yo, pero si la tía hubiera colaborado un poco y no se hubiera puesto tan borde, no me vería yo como me veo. Solo quería dejar de ser desgraciado y justo tuvo que ser esa la palabra que salió de sus labios después de que se los comiera bien comidos. Ya no pude parar. No sé si me entiende

Autor

Nombre: Jesús Roldán

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