Doña Rosa

Doña Rosa va y viene por entre las mesas del Café sin destino aparente. Le gusta regodearse, presumir, exhibirse ante la clientela, que asiste atónita a su desfile estrambótico, sea martes, sábado o domingo. Alguien debe poner fin a este absurdo, no vaya a ocurrir lo de aquella tarde, cuando tropezó y cayó al suelo, provocando la hilaridad general. No pensó lo mismo don Justo, al que derramó la taza de té bien caliente. Entonces fue la ocasión de expulsarla para siempre. Pero tras un corto paréntesis, ha vuelto con bríos renovados, para desgracia del personal. Cualquier día la arma de nuevo.
Doña Rosa, a su edad indeterminada, no debería deambular por el Café Central. Don Prudencio, el propietario, lo sabe pero evita tomar medidas drásticas. Al fin y al cabo, piensa, no hace mal a nadie, aunque a él le suponga noches de vigilia. En realidad, se dice a sí mismo, ella sólo busca el espíritu de su amante, el juez que nunca llegó a la cita y le hizo perder el juicio. Y de eso hace ya más de 40 años.

Autor

Nombre: Miguel A. Moreno

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