El algarrobo

Las antiguas rutas comerciales llegan a cruzarse en muchos puntos. Pero no existe en el mundo uno solo en el que se crucen tantas como en el que lo hacían la de la seda, la del salitre, la de la púrpura, la del ónice, la del silfio, la del estaño y la del jaspe. Era el cruce de las siete rutas. Un viejo pozo y un algarrobo señalaban desde hacía siglos el lugar exacto donde paraban a descansar caravanas y mercaderes, de ida o de vuelta, de todos los confines del mundo conocido. Y allí, en aquel frugal sitio, a la sombra del centenario árbol, se desataba la locuacidad de las gentes y se intercambiaban historias, refranes, chistes, salmos, canciones, noticias, supersticiones, poesías y bulos.
Poco a poco el tráfico de las caravanas se fue apagando y el lugar dejó de ser un lugar de parada.
Tiempo después, un viajero llegado de Levante, que es como llaman al lugar más al poniente del Mediterráneo, paró por casualidad a descansar bajo el árbol. Tras rebuscar con la mirada entre la copa, afirmó contrariado:
- No tiene una sola algarroba. No hay cosa más estéril que un árbol sin fruta.
El viajero desconocía dos cosas. La primera que, entre los algarrobos, igual que entre las personas, hay machos y hembras, siendo los primeros, por muy fértiles que sean, incapaces de dar fruto. La segunda que, ninguna de las universidades, escuelas o bibliotecas del mundo, habían sido tan fértiles a la hora de difundir saberes a los cuatro vientos como lo había sido la sombra de aquel viejo árbol.

Autor

Nombre: MANUEL GARCÍA GONZÁLEZ

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