El destino de un hombre imperfecto

Aristóteles Valdez odiaba todo lo que no fuese perfecto. Se formó como arquitecto y siempre estuvo al pie de la obra, dirigiendo con mano dura. Luego de años de trabajo duro, reunió un buen capital y constituyó su propia empresa, y la hizo famosa por su desempeño y muy rigurosos métodos administrativos. Sin embargo, quienes trabajaban para él no eran felices por ser un hombre en extremo agresivo y difícil de complacer.

En casa siempre fue igual, pero su mujer e hijos no eran muy distintos a él. Con frecuencia había altercados, denuncias y visitas de la policía por violencia doméstica.

Aristóteles Valdez persistió en su error de querer alcanzar el orden y la belleza, la proporción y la armonía en términos casi matemáticos. Fue inmensamente rico, pero su pobreza espiritual no conocía límites. Tenía visión para los negocios, pero era ciego de corazón. La vanidad fue su guía y también su perdición.

Al final, la intolerancia tenía su precio y él lo pagó con creces. Gritó sus razones y clamó justificándolas, pero la oquedad de su discurso nunca encontró eco. En su microcosmos imaginario vivía en el Olimpo, entre los dioses de la perfección y las formas exquisitas, pero en el mundo de los humanos no halló sentimientos afines sino aflicción y amargura, ni más compañía que la soledad. Después de todo, Aristóteles Valdez era un hombre imperfecto.

Autor

Nombre: Lisandro Reholón

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