El invierno de su descontento

Al despertar, mientras mira cómo las últimas hebras de su sueño se confunden con las volutas de vaho que salen de su boca como palabras pensadas pero no formuladas, intenta recordar cuánto tiempo lleva siguiendo el rastro. Sabe que todo comenzó unas semanas después de que llegara para quedarse el invierno que ningún pronóstico meteorológico logró adelantar. Sabe que el primer indicio del vuelco que daría su vida fue el crujido que su corazón produjo al resquebrajarse como se resquebraja la costra de hielo que cubre una extensión de agua similar a una herida al ser acariciada por ese sol primaveral que el mundo ya no volvería a ver. Sabe que luego del crujido vino un periodo de dolor sordo durante el que no pudo oír más que los latidos que le garantizaban el funcionamiento correcto del cuerpo que su espíritu congelado habitaba. Sabe que al cabo del dolor irrumpió la certidumbre de que debía ponerse en movimiento si no quería convertirse en una gárgola esculpida por el frío como tantos otros habitantes del planeta y que ese fue el resorte que lo puso tras el rastro. Pero por más que se esfuerza no consigue ubicar el momento exacto en que empezó a seguir las huellas que ahora se extienden hasta el horizonte donde se anuncia la mañana y que han sido impresas en la nieve por la mujer que lo abandonó con una frase gélida como el carámbano que se desprende del árbol que en nada se distingue de todos los árboles bajo los que ha dormido desde entonces, desde siempre: “Ya no te amo.”

Autor

Nombre: Mauricio Montiel Figueiras

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1 comentario
  1. Me dejó sin aliento. La métrica, comas y puntos logran acercarse a la sensación

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